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UNIVERSIDAD VERACRUZANA
   
 


Gonzalo Aguirre Beltrán s/n
Lomas del Estadio, Zona Universitaria
Xalapa, Ver., México.

 

 

EL CONTEXTO INTERNACIONAL: GLOBALIZACIÓN E INTEGRACIÓN REGIONAL

El internacionalismo liberal que inspiró la articulación del orden internacional después de la Segunda Guerra Mundial, en el bloque occidental, reposaba sobre dos pilares básicos, la democracia y el liberalismo económico. A nivel económico y comercial las instituciones financieras internacionales del sistema de Bretton- Woods y el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT) fueron los instrumentos que velaron por la implantación y defensa de estos principios liberales. Basado en las teorías ricardianas, el GATT ha contribuido, desde 1947, a la liberalización de las relaciones económicas internacionales y a la multiplicación de los intercambios. Consecuencia directa de esta dinámica liberalizadora ha sido la creciente interdependencia [1] entre las unidades del sistema y la articulación del proceso de globalización económica [2]. Este último se refiere a la nueva realidad económica contemporánea en la que emergen mercados globales, de dimensión mundial, para productos estandarizados. Es un proceso basado en economías de escala a nivel de producción, comercialización y gestión y en una homogenización de productos a nivel de consumo. La globalización de mercados hace surgir la empresa global y significa el fin del mundo comercial multinacional y el fin de la empresa multinacional. La globalización, por una parte, aumenta el volumen de comercio mundial e influye sobre los patrones que rigen las relaciones comerciales internacionales. Por otra parte, incide en las relaciones políticas interestatales y en la naturaleza misma del comportamiento estatal. En el primero de estos niveles, origina cambios en las formas de competitividad entre los Estados y acentúa la asimetría del poder entre ellos. Como apunta Susan Strange, esta asimetría significa que los más poderosos son capaces de ejercer su autoridad en cuestiones globales [3].

En el segundo nivel, la globalización provoca efectos distorsionadores en la lógica interna del funcionamiento estatal, más allá de la esfera económica. Existe una sociedad internacional y una economía mundial pero los Estados territoriales siguen reclamando una soberanía que, en la mayoría de los casos, no son capaces de ejercer como hicieran antaño. El Estado, tal como lo conocíamos, se está debilitando pero continúa siendo el primer interlocutor ante las autoridades supranacionales y subnacionales. En el contexto de la globalización el Estado se enfrenta a dos retos claves: en primer lugar deberá vigilar e intentar controlar las consecuencias sociales de la globalización económica (pérdida de puestos de trabajo en los sectores no competitivos internacionalmente, deslocalización de empresas, influencia sobre los estándares sociales - salarios, condiciones laborales, sanitarias- etc.); en segundo lugar, deberá encontrar mecanismos para asegurar el acceso democrático a las decisiones nacionales que forman parte de un proceso de decisión supranacional o que responde a una lógica global [4].

A la lógica globalizadora se contrapone el proceso de integración regional. Ambos procesos coexisten y caracterizan la dinámica actual de las Relaciones Internacionales. Los diferentes procesos de integración regional obedecen a distintas circunstancias históricas, políticas y económicas pero comparten la necesidad de adaptarse a los retos que surgen del sistema internacional.

En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, debido a la coincidencia de factores estructurales positivos y voluntades políticas, la economía mundial vivió momentos de gran expansión. La situación hegemómica estadounidense y su compromiso - basado en sus necesidades políticas y económicas- con el resurgir de la economía liberal internacional coincidió con el hecho de que, por primera vez, los Estados de economía de libre mercado eran aliados políticos. En aquel contexto, la integración regional europea fue concebida como un apoyo a estos factores positivos.

A mediados de los ochenta, el contexto internacional era muy diferente: el sueño liberal empezó a desvanecerse a causa, entre otros factores, de una recesión importante en el crecimiento económico mundial, la crisis de liderazgo en el sistema (erosión de la hegemonía de EEUU) y la proliferación y consolidación de diversas formas de proteccionismo económico. La interdependencia ya no sólo era vista como un elemento pacificador del sistema [5] sino que empezaba a ser percibida como un reto. Progresivamente, se fueron incrementando las contradicciones entre las prioridades internas de los Estados y las normas y reglas de funcionamiento liberales del sistema internacional porque, al contrario de lo que ocurría en la postguerra inmediata, dejaron de existir unos objetivos comunes claramente identificados y compartidos.

Desde mediados de los ochenta, los proteccionismos y las relaciones bilaterales han ganado espacio al multilateralismo y a los principios liberales y la confianza liberal en el mercado ha dejado de ser relevante ante el creciente intervencionismo estatal. El sistema económico internacional contemporáneo contempla nuevos desarrollos: una creciente competición mercantilista, un aumento del proteccionismo sectorial y una tendencia a la regionalización [6]. Las reglas de origen, la protección a través de la imposición de contingentes, la discriminación contra países terceros, etc, son algunas de las tendencias que, desde una base regional, sustituyen las prácticas multilaterales defendidas por el GATT [7].

Los fenómenos de integración regional, característicos del sistema internacional contemporáneo pueden ser definidos, en el plano económico, como fenómenos de concentración creciente de los intercambios internacionales sobre las tres regiones económicas del mundo (América del norte, Europa y Pacífico asiático) y, en el plano político, como la propensión de los Estados a querer desarrollar formas de cooperación y fortalecer los vínculos económicos entre ellos sobre una base regional en lugar de multilateral [8]. La integración regional es un mecanismo para abordar los retos de la globalización a través de la utilización racional de los recursos y de la obtención de la mejor relación coste- beneficio. Los Estados persiguen unos objetivos comunes o intentan alcanzar la competitividad internacional de sus empresas a través de la creación de áreas de libre comercio, uniones aduaneras o acuerdos sectoriales de ámbito regional.

El proceso de regionalización puede ser entendido como complementario o como contrapuesto a la globalización. Las interpretaciones políticas, como veremos al analizar el caso del TLC, dependerán de la participación o no, por parte de quienes la formulan, en un proceso de integración regional determinado y de la estimación de las consecuencias económicas de esa integración para los países terceros. Podemos avanzar que, inicialmente, toda integración regional es definida, por aquéllos que participan en ella, como una medida de liberalización comercial en la vía de la globalización y es percibida, por quienes la contemplan desde el exterior, como una amenaza proteccionista al liberalismo.

El TLC es fruto de su tiempo y, como tal, se enmarca en la realidad de un sistema internacional en el que persisten los principios del internacionalismo liberal enfrentados a las nuevas dinámicas neo- proteccionistas que, desde mediados de los ochenta, caracterizan y determinan las relaciones económicas internacionales. Esta tensión entre fuerzas centrípetas y centrífugas, integradoras y fragmentadoras, explica las diferentes interpretaciones, en el seno del Estado canadiense, sobre el la significación del TLC. Mientras que unos se oponen a él porque consideran que es un freno proteccionista al liberalismo, otros se oponen porque lo perciben como un límite a la soberanía canadiense que impide la adop- ción de medidas proteccionistas consideradas necesarias en el marco de la globalización.

EL CONTEXTO CONTINENTAL Y ESTATAL: EL REGIONALISMO ESTRATÉGICO

La posición canadiense sobre el TLC ha sido elaborada y formulada en función de los retos procedentes del sistema internacional y en función de los condicionantes continentales. Como acabamos de ver, la dinámica del sistema internacional se caracteriza por la tensión entre globalización y regionalización. A continuación analizaremos como el espacio continental, en el que se da de hecho una integración económica canado- estadounidense y mexicano- estadounidense, determina la opción de Canadá. Con la vista puesta en el proceso de globalización a nivel mundial y con la conciencia de la existencia de otros procesos de integración regional, la dinámica del espacio continental norteamericano contribuirá a apoyar la elección de la liberalización trilateral como paso intermedio hacia el objetivo último que es la competitividad en una economía global.

La cuarta opción de la política exterior canadiense: la diversificación a través del continentalismo

El TLC vuelve a plantear un tema que históricamente ha sido una de las cuestiones claves de la política exterior canadiense: sus relaciones con los EEUUnidos. La inserción activa de Canadá en el sistema internacional es relativamente reciente ya que, debido a su situación colonial, la representación de sus intereses exteriores quedó en manos de la corona británica hasta bien entrado el siglo. En 1931 (Estatuto de Westminster) Canadá obtuvo la autorización de abolir las leyes imperiales que limitasen su poder legislativo (interno y externo) pero, a pesar de gozar de la capacidad de actuación exterior, siguió muy concentrado en las preocupaciones internas en conexión con la consolidación nacional del Estado. En 1953 obtuvo el reconocimiento legal de una situación de hecho, su independencia.

Desde 1945, las relaciones privilegiadas con EEUU se convirtieron en la característica más destacable de la política exterior canadiense. A pesar de sus vínculos con el imperio británico, las estrechas relaciones con los Estados Unidos ya eran evidentes desde los inicios de la Confederación. El cambio en la estructura del poder del sistema internacional después de la Segunda Guerra Mundial (Pax americana versus Pax británica) no hizo sino acentuarlas [9].

En la primera etapa de la postguerra, Canadá demostró su voluntad de abandonar el aislamiento tradicional y la timidez de sus relaciones exteriores abocándose a su internacionalización. En resumen, puede esquematizarse su actuación internacional (1945- 1970) en tres líneas básicas: participación en la construcción de las nuevas instituciones internacionales; integración plena en el sistema occidental, en el marco de las relaciones este/oeste), y apuesta por la opción continental, a nivel regional, estrechando todavía más sus vínculos, políticos y económicos, con el poderoso vecino del sur.

A partir de los años setenta, Canadá, manteniendo su alineación política con los Estados Unidos y el bloque occidental, inició una política de diversificación a nivel económico- comercial. Era la llamada "tercera opción" de la política exterior canadiense [10]. Su objetivo fundamental era reducir la vulnerabilidad (económica, política, cultural) canadiense atribuida a unas relaciones demasiado exclusivas con los Estados Unidos. Canadá optaba por mundializar su política exterior ante el temor de ser asimilada por los Estados Unidos. A pesar del enunciado plural, los intentos por materializar la diversificación incidieron básicamente en el ámbito económico y, geográficamente, se concentró en las relaciones con la Europa comunitaria y Japón. Los resultados de estos intentos, a nivel comercial y a nivel industrial, fueron muy modestos con respecto a los intercambios Canadá- Europa. En lo que concierne a Japón, este país se convirtió, desde 1976 en el tercer socio comercial de Canadá. A pesar del aumento progresivo de las exportaciones a Japón, Canadá no ha conseguido alcanzar el objetivo principal, penetrar en el mercado industrial japonés, y se limita a exportar materias primas y sus derivados.

A partir de los años ochenta la política exterior canadiense definió su "cuarta opción" consistente en aceptar la compatibilidad de la diversificación (tercera opción) con el continentalismo (segunda opción). La realidad de las intensas relaciones con EEUU y la ausencia de éxitos deslumbrantes en sus contactos extra continentales llevó a Canadá a matizar, sin renunciar a ellas, sus expectativas de diversificación. El continentalismo empezó a ser visto, en un contexto internacional dominado por las relaciones de interdependencia, como un trampolín para la diversificación. El salto al espacio internacional vendría facilitado por una capacidad y una competitividad adquiridas y afianzadas en el espacio regional. El continentalismo implícito en la cuarta opción suponía una apuesta por una mayor integración regional. El Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos fue la pieza clave de ese continentalismo renovado. La sociedad canadiense se dividió ante esta apuesta. Mientras que para algunos sectores el FTA representaba la única opción real ya que era el reconocimiento de una situación de facto y debería contribuir a la verdadera apertura hacia la diversificación, para otros significaba la hipoteca definitiva del particularismo canadiense y su absorción por parte de los Estados Unidos.

Canadá y el TLC: una opción estratégica o una opción defensiva?

Con anterioridad a la firma del FTA, la compenetración e interacción económica y política canado- estadounidense ya era incuestionable. Así, en el espacio canado- estadounidense el proceso de integración obedece a una organización específica de los mercados que funciona prácticamente al margen de las decisiones gubernamentales y, debido a las relaciones asimétricas que en él se dan, este proceso conduce a la formación de un espacio económico articulado alrededor del centro de gravedad estadounidense. En un contexto en el que las tendencias que habían determinado la cuarta opción siguen pronunciándose [11], el TLC es visto por el Gobierno canadiense como una necesidad imperiosa más que como una opción. El continentalismo actual, extensión directa del asumido en los ochenta, no tiene exclusivamente motivaciones económicas sino que se encuentra indisociablemente vinculado al debate general sobre las políticas públicas. El impasse en las negociaciones comerciales multilaterales también influyó en la opción canadiense de política comercial [12]. La postura gubernamental quedó definida en el informe de la Comisión Macdonald (1985) que proponía abandonar el marco estatalista y providencialista a favor de las leyes del mercado, pasar del modelo de Estado providencia al modelo de Estado competitivo. Alineado con esta concepción, el acuerdo de libre cambio era presentado como una vía intermedia entre la dureza de las leyes del mercado y el proteccionismo de un Estado providencial que permitiría una adaptación sin traumas de la economía canadiense a los retos de la economía internacional. Una mayor integración con los Estados Unidos reduciría la vulnerabilidad canadiense al garantizarle el acceso al mercado estadounidense. El FTA, y el TLC como su extensión, han sido la concreción coherente de estas reflexiones.

Por otra parte, tal como afirman Deblock y Brunelle [13], el TLC se inscribe dentro de una lógica más amplia de consolidación de espacios económicos rivales sobre la escena internacional. El TLC debe entenderse en relación a la Unión Europea y al espacio económico del Asia- Pacífico. Aunque los tres espacios se basan en relaciones de integración muy diferentes entre sí, están determinados por la misma dinámica y se afectan mutuamente. En este sentido puede hablarse de un regionalismo de tipo estratégico, definido por estos autores como una forma de política económica internacional que, apoyándose en el regionalismo económico, intenta establecer una relación de fuerza y desarrollar ventajas competitivas sobre los mercados internacionales, en favor del grupo de países vinculados por el acuerdo económico. El modelo de regionalismo estratégico correspondería a los llamados regionalismos de segunda generación, propios de un sistema internacional de economía global, frente a los de primera generación, claramente condicionados por la situación política (Guerra Fría) y económica (urgencia de la reconstrucción) de los años inmediatos al fin de la Segunda Guerra Mundial [14]. Éstos se inscribían en un proyecto político más amplio y perseguían el progreso económico interno y un mayor margen de maniobra internacional: hacer frente a las limitaciones impuestas por el orden multilateral. Sin embargo, los de segunda generación, animados por preocupaciones estratégicas, no se enmarcan en ningún proyecto político más allá del acuerdo comercial, persiguen la creación de espacios de libre cambio y están orientados hacia el exterior [15]. El objetivo del regionalismo estratégico no es la fragmentación de la economía mundial sino la creación de las condiciones que permitan a los países participantes responder mejor a las exigencias del proceso de globalización. Es decir, alcanzar la competitividad internacional a través de la integración regional. Desde esta perspectiva, aunque el TLC sea una opción estratégica para sus tres miembros, debido a su situación hegemónica continental y a su erosionada hegemonía internacional, esta vertiente es especialmente atractiva para los Estados Unidos [16].

Además de la vertiente estratégica, el TLC tiene otra dimensión, clave para entender la posición canadiense, que podemos denominar defensiva. Al contrario de lo que ocurría en el caso de las economías canadiense y estadounidense, las economías canadiense y mexicana no estaban integradas, ni tan siquiera existían intercambios significativos entre ambas. Tampoco políticamente Canadá y México han tenido una relación mínimamente similar a la de solidaridad atlántica que sí ha existido, desde 1945, entre Canadá y los Estados Unidos. Por qué Canadá se interesó en participar en unas negociaciones a las que no había sido invitada y que deberían concluir en un acuerdo que, al menos a corto o medio plazo, no se traduciría en un gran aumento de los flujos comerciales entre Canadá y México? Precisamente, para proteger el FTA y defender los objetivos del regionalismo estratégico que aquél materializaba. Canadá no había previsto que los Estados Unidos pudieran seguir una política comercial preferencial bilateral, parecida a la que les vinculaba con Canadá, con otros países. Así, cuando, a iniciativa de México, los Estados Unidos entraron en conversaciones sobre el libre comercio con este país, Canadá vio amenazada su situación y debió reaccionar defensivamente. Canadá temió que el acuerdo con México vaciara de contenido los logros del FTA y que perdiera acceso al mercado estadounidense y se redujera la recepción de inversiones directas. Por ello, como veremos a continuación, el Gobierno canadiense defendió su participación en un proyecto que no hubiera iniciado de motu propio y del que, en términos de beneficios económicos, no tenía excesivas garantías. Con el TLC Canadá pretendía ponerse a salvo no sólo de la bilateralización preferencial de la relación Estados Unidos- México sino de cualquier otro intento similar a nivel del hemisferio. Creemos que no es exagerado afirmar que, para Canadá, el primer motivo de su incorporación en las conversaciones mexicano- estadounidenses fue la contención de los perjuicios que pudiera causarle el resultado de éstas.

Por lo tanto, se podría admitir que, para Canadá, el TLC es una opción estratégica respecto a la dinámicas de la globalización y de la regionalización económica del sistema internacional y una opción defensiva respecto a una posible bilateralización de las relaciones económicas del principal socio canadiense, los Estados Unidos.

 

 

CONSULTAR LAS SIGUIENTES PÁGINAS:

 

Información general sobre el TLC:

http://www.insp.mx/salud/35/352-2s.html

http://www.rmalc.org.mx/

El sector agropecuario en el TLC:

http://www.cna.org.mx/docs/nafta5/nafta.htm

TLC y salud ambiental:

http://www.insp.mx/salud/35/352-2s.html

IMPACTO DEL TLC EUROPA - MEXICO

http://www.ateval.com/Circulares/48_00/Anexo%20V.html

El sector privado frente al TLC

http://www.sofofa.com/comex/Sector_Privado_Corea.htm